18.6.05
No todos los días pasan cosas nuevas...
... (O sí, si nos ponemos exquisitos. Pero no nos pongamos exquisitos por ahora. Ya tendremos tiempo de hacerlo). Lo que quiero decir es que uno espera cierto... orden previsible. Estúpidamente, pues nada lo asegura. Y al abrir la puerta de calle esa mañana de setiembre, mi esperanza (bah, mi expectativa) era encontrar una vereda, una calle y otra vereda enfrente, con el alto y viejo edificio simbólico habitual. Encontré eso, claro. Y la gente que pasaba a esa hora (las ocho y media). No, nada anormal, porque no fue entonces que me sorprendí.Fue un rato después. Me tomó desprevenido, porque ya me había habituado a ver cosas normales. Había avanzado por la vereda normal, doblado por la esquina normal, surcado un par de cuadras normales, visto gente, autos, vitrinas de comercios, el cielo nublado allá arriba... todo normal. La verdad es que la trampa fue perfecta. Hay que reconocerlo. Fueron astutos. (Digo "fueron"; está mal. En realidad no sé quién fue —singular o plural— ni siquiera si fue "alguien". Pero no nos adelantemos a los hechos. Todo a su tiempo. Todo llega. Inclusive el destino. El mío llegó, de la manera que estoy relatando ahora).Seguí avanzando y nada sucedió. Ni había por qué pensar en que sucedería. En realidad yo no pensaba, era inocente. Quiero decir: sí pensaba, pero en muchas otras cosas. Pensaba en lo que pienso cuando voy por la vereda a las ocho y media de la mañana. Y entonces todo sucedió. Fue terrible. Nunca más me recuperaré. Todo se volvió extraño y cruel y sé que, hasta cierto punto, sigo estando allí. Vi un mundo que era éste y no lo era. No sé cómo explicarlo. No sé cómo trasmitírselo a los demás. (Pero sospecho que los demás también lo conocen, sólo que más fugazmente que yo y lo han olvidado o no lo quieren recordar. Me miran mal si se los menciono. Los comprendo... o al menos los intuyo. Ya no menciono mi experiencia. Me la guardo para mí, y me acosa en noches de tormenta, cuando el furor del clima me recuerda vagamente a aquella penosa experiencia inusual y súbita).Miré a mi alrededor y comprendí que todo estaba allí y que nada estaba allí. Era el vacío. Era como vivir rodeado por un telón pintado. Duró apenas un segundo, pero me pareció más, mucho más. Quedé parado en una esquina, en el cordón de una vereda. Tendría los ojos muy abiertos, sorprendidos o temerosos o hipnotizados. Una señora me preguntó con gran amabilidad si me pasaba algo. Sacudí la cabeza, en parte porque las palabras me hacían volver al mundo "normal" (no enseguida; al principo me parecieron tan huecas y falsas como todo lo que me rodeaba) y en parte para decirle que no a la señora. Me acuerdo muy bien de esa mujer, casi una anciana, narigona, gris, muy cordial la verdad sea dicha, aunque al principio la odié, pobre. A los pocos segundos le aseguré que todo estaba en orden. No recuerdo haber mentido tanto, antes en mi vida. Hice un gran esfuerzo, mentí, y la señora quizás no me creyó pero no importa; la cierto es que volví sobre mis pasos, estremecido y torpe, y entré en mi edificio y subí en el ascensor y entré en mi apartamento y llamé por teléfono y dije "no voy, estoy enfermo" (tenía razón) y deambulé un rato, sin querer mirar por los ventanales y luego me acosté y dormí o entredormí todo el día y me desperté a las tres y media de la madrugada con un gran malestar estomacal. Pedí una semana de licencia por enfermedad en el trabajo.Eso fue todo, lo cual es mucho, aunque parezca poco.Reitero: no todos los días pasan cosas nuevas. Y agrego: pero cuando pasan, pasan para siempre.
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EXTRAÑOS EN LA PLAZA
23.5.05
8.3.05
-Amo el mes de abril -dijo ella, con un suspiro-...
..., pues las palomas grises no desentonan con el umbrío otoño.
Era su estilo. Se expresaba así. Una literata. Traté de acompañarla en sus divagaciones, mientras le pasaba un brazo por la cintura.
—Yo, en cambio —dije, tras carraspear—, amo el mes de setiembre. Porque las cotorras del monte vuelan en círculos tan cerrados que al fin se marean y se revientan contra el suelo. Hay una superabundancia de cotorras en este país, y es un problema muy serio para el gobierno y para los agricultores. No sé si sabes que las han declarado plaga nacional.
—Una plaga, sí, una plaga —dijo ella sombríamente, y se separó de mi abrazo—. Sé muy bien qué es una plaga.
¿Lo diría por mí? La abracé de nuevo e intenté besarla. Se resistió. Abrió los brazos y se liberó de los míos.
—¡Retrocede, retrocede! —dijo.
Por lo visto mi intento poético había fallado. No me di por vencido.
—Retroceder... —dije, pensando en voz alta, rebuscando en mi mente las palabras— es como... retroceder. Es dar un paso hacia atrás cual el león asustado ante el poderoso elefante. A pesar de que el león es el rey de la selva. Pero ya se sabe, el elefante es más grande de todos modos, y hay una correlación de fuerzas que el león, rey y todo, no puede ignorar...
—¡Vete, vete que sufro! —gimió, tapándose la cara con las manos.
No era para tanto, a mi modo de ver.
—Es verdad que me dedico a la venta de abono, Sarita —dije—. Pero eso no quiere decir que no tenga mi sensibilidad. Sé reconocer la belleza cuando la veo. Sé reconocer, por ejemplo, tu hermosa belleza.
—Mi “hermosa” belleza... Qué bien te expresas... Por lo demás, ¡si mi física envoltura es lo único que ves en mí, debería tajearla con puñales!
Qué exagerada.
—Vamos —dije, e intenté abrazarla nuevamente—, esas palabras no son sinceras. Durante la fiesta de tu prima no te oí nada como eso. Al contrario, te gustaban mis besos.
—¡A causa del alcohol! ¡A causa de la indignidad! ¡Oh, no soportaba a esas gentes reunidas, toda mi familia, disfrazadas cual fantoches en torno a un himeneo! ¡Tuve que rebelarme! ¡Tuve que enloquecer! ¡Tuve que escapar de la mediocridad! ¡No quería sentirme como una de ellos!
—Vamos, la fiesta estuvo bien. Bien servida, bien atendida. Los novios se divirtieron. Todos disfrutamos. Yo te conocí. No hay motivo para...
Corrió hacia el balcón. El vaporoso vestido blanco aleteó a sus costados. Comprendí qué se tiraría por la baranda y la seguí. La atrapé por la cintura, justo a tiempo. Aunque, a fin de cuentas, era el balcón de una planta baja. A lo sumo se habría torcido un tobillo al trastabillar en el jardín...
—¡Déjame, la vida es un calvario que sólo los ángeles repudian!
—¡Basta de estupideces! —la rezongué—. ¡Me porté bien contigo, te quise sinceramente, y ahora me obligas a contemplar este espectáculo? ¡No nací ayer, Sarita! ¡Conozco el verdadero motivo por el cual me rechazas!
Giró hacia mí, dio la espalda a la baranda.
—¿Sí? —dijo, altanera y desafiante, aunque tocada por mi acusación—. Dime entonces cuál es.
—Es ese gallego. El mundialmente famoso escritor que visitó la Universidad. Le echaste el ojo y no te tuvo en cuenta. Se dirigió a todos menos a ti. Le mostraste tus manuscritos y los usó para limpiarse la nariz. Te frustraste. Te resentiste con el mundo. Comprendo tu desilusión. Sufres hasta el día de hoy.
Me echó los brazos al cuello, me besó ligeramente en los labios.
—La próxima vez —dijo— haré mecanografiar mis poemas, pues me pareció que en Europa ven con malos ojos la letra manuscrita. Seré más cuidadosa. Ni siquiera sonreiré en su presencia. Me mostraré fría y distante. Me presentaré toda vestida de negro. Si me critica no se me moverá un solo músculo de la cara. Luego hablaré mal de él a sus espaldas. ¿Te parece que de ese modo causaré mejor impresión?
—No lo sé, Sarita, yo sólo soy un comerciante.
—Sí. En fin. No me humillará nuevamente. Conocerá el filo de mis uñas —Me dio un corto beso—. ¿Te apetece tomar el té? Madre ha mandado hacer scones. Angelita está poniendo la mesa. Le diré que ponga un ramo de rosas en el centro.
—Gracias, Sarita —dije, y tomé su mano y se la besé.
Ella rió como una niña. Siempre era como una niña. En mi fuero íntimo me pregunté si me convenía como mujer.
De inmediato desheché esa cavilación mía, por injustificada y absurda.
—¡Oh, me siento como un hada que hila sus sueños! -exclamó de súbito-.¡Buscaré en mi mágica alforja la poción que calme mi ansiedad! —Salió de mi abrazo e hizo un par de rápidos pas de deaux sobre el piso ajedrezado—. Y además encontraré la poción para vencer al maldito español —dijo en otro tono y dejó de saltar—. El próximo abril, uando el escritorzuelo regrese a estas hediondas tierras, ¡me acortaré la falda hasta más arriba de las pantorrillas! ¿Puedes imaginártelo? ¡Ah! ¡Lo dejaré sin habla! ¡No podrá hablar mal de mí, ni prestar atención a nadie, A NADIE MÁS! ¡No me quitará los ojos de encima! ¡Así aprenderá su lección! ¡Sabrá de una vez por todas QUE NO ES SUPERIOR A MÍ! —casi gritó, extática, la vista al techo, las manos cruzadas como en un rezo. Al fin bajó la cabeza y me miró con una sonrisa laxa y satisfecha—. ¿Puedes imaginártelo? —dijo.
Sí, podía. Y también que me convenía más Marta, la hija del tambero. No era tan linda ni tan ilustrada. Sus formas eran demasiado robustas. Su piel, curtida por el sol del campo. Sus modales tan simples que parecían casi inexistentes. Reía con estridencia, y jamás me invitaría a tomar el té con scones; a lo sumo, mate con tortas fritas... Pero a la hora de los abrazos debía de ser menos trabajosa.
Era su estilo. Se expresaba así. Una literata. Traté de acompañarla en sus divagaciones, mientras le pasaba un brazo por la cintura.
—Yo, en cambio —dije, tras carraspear—, amo el mes de setiembre. Porque las cotorras del monte vuelan en círculos tan cerrados que al fin se marean y se revientan contra el suelo. Hay una superabundancia de cotorras en este país, y es un problema muy serio para el gobierno y para los agricultores. No sé si sabes que las han declarado plaga nacional.
—Una plaga, sí, una plaga —dijo ella sombríamente, y se separó de mi abrazo—. Sé muy bien qué es una plaga.
¿Lo diría por mí? La abracé de nuevo e intenté besarla. Se resistió. Abrió los brazos y se liberó de los míos.
—¡Retrocede, retrocede! —dijo.
Por lo visto mi intento poético había fallado. No me di por vencido.
—Retroceder... —dije, pensando en voz alta, rebuscando en mi mente las palabras— es como... retroceder. Es dar un paso hacia atrás cual el león asustado ante el poderoso elefante. A pesar de que el león es el rey de la selva. Pero ya se sabe, el elefante es más grande de todos modos, y hay una correlación de fuerzas que el león, rey y todo, no puede ignorar...
—¡Vete, vete que sufro! —gimió, tapándose la cara con las manos.
No era para tanto, a mi modo de ver.
—Es verdad que me dedico a la venta de abono, Sarita —dije—. Pero eso no quiere decir que no tenga mi sensibilidad. Sé reconocer la belleza cuando la veo. Sé reconocer, por ejemplo, tu hermosa belleza.
—Mi “hermosa” belleza... Qué bien te expresas... Por lo demás, ¡si mi física envoltura es lo único que ves en mí, debería tajearla con puñales!
Qué exagerada.
—Vamos —dije, e intenté abrazarla nuevamente—, esas palabras no son sinceras. Durante la fiesta de tu prima no te oí nada como eso. Al contrario, te gustaban mis besos.
—¡A causa del alcohol! ¡A causa de la indignidad! ¡Oh, no soportaba a esas gentes reunidas, toda mi familia, disfrazadas cual fantoches en torno a un himeneo! ¡Tuve que rebelarme! ¡Tuve que enloquecer! ¡Tuve que escapar de la mediocridad! ¡No quería sentirme como una de ellos!
—Vamos, la fiesta estuvo bien. Bien servida, bien atendida. Los novios se divirtieron. Todos disfrutamos. Yo te conocí. No hay motivo para...
Corrió hacia el balcón. El vaporoso vestido blanco aleteó a sus costados. Comprendí qué se tiraría por la baranda y la seguí. La atrapé por la cintura, justo a tiempo. Aunque, a fin de cuentas, era el balcón de una planta baja. A lo sumo se habría torcido un tobillo al trastabillar en el jardín...
—¡Déjame, la vida es un calvario que sólo los ángeles repudian!
—¡Basta de estupideces! —la rezongué—. ¡Me porté bien contigo, te quise sinceramente, y ahora me obligas a contemplar este espectáculo? ¡No nací ayer, Sarita! ¡Conozco el verdadero motivo por el cual me rechazas!
Giró hacia mí, dio la espalda a la baranda.
—¿Sí? —dijo, altanera y desafiante, aunque tocada por mi acusación—. Dime entonces cuál es.
—Es ese gallego. El mundialmente famoso escritor que visitó la Universidad. Le echaste el ojo y no te tuvo en cuenta. Se dirigió a todos menos a ti. Le mostraste tus manuscritos y los usó para limpiarse la nariz. Te frustraste. Te resentiste con el mundo. Comprendo tu desilusión. Sufres hasta el día de hoy.
Me echó los brazos al cuello, me besó ligeramente en los labios.
—La próxima vez —dijo— haré mecanografiar mis poemas, pues me pareció que en Europa ven con malos ojos la letra manuscrita. Seré más cuidadosa. Ni siquiera sonreiré en su presencia. Me mostraré fría y distante. Me presentaré toda vestida de negro. Si me critica no se me moverá un solo músculo de la cara. Luego hablaré mal de él a sus espaldas. ¿Te parece que de ese modo causaré mejor impresión?
—No lo sé, Sarita, yo sólo soy un comerciante.
—Sí. En fin. No me humillará nuevamente. Conocerá el filo de mis uñas —Me dio un corto beso—. ¿Te apetece tomar el té? Madre ha mandado hacer scones. Angelita está poniendo la mesa. Le diré que ponga un ramo de rosas en el centro.
—Gracias, Sarita —dije, y tomé su mano y se la besé.
Ella rió como una niña. Siempre era como una niña. En mi fuero íntimo me pregunté si me convenía como mujer.
De inmediato desheché esa cavilación mía, por injustificada y absurda.
—¡Oh, me siento como un hada que hila sus sueños! -exclamó de súbito-.¡Buscaré en mi mágica alforja la poción que calme mi ansiedad! —Salió de mi abrazo e hizo un par de rápidos pas de deaux sobre el piso ajedrezado—. Y además encontraré la poción para vencer al maldito español —dijo en otro tono y dejó de saltar—. El próximo abril, uando el escritorzuelo regrese a estas hediondas tierras, ¡me acortaré la falda hasta más arriba de las pantorrillas! ¿Puedes imaginártelo? ¡Ah! ¡Lo dejaré sin habla! ¡No podrá hablar mal de mí, ni prestar atención a nadie, A NADIE MÁS! ¡No me quitará los ojos de encima! ¡Así aprenderá su lección! ¡Sabrá de una vez por todas QUE NO ES SUPERIOR A MÍ! —casi gritó, extática, la vista al techo, las manos cruzadas como en un rezo. Al fin bajó la cabeza y me miró con una sonrisa laxa y satisfecha—. ¿Puedes imaginártelo? —dijo.
Sí, podía. Y también que me convenía más Marta, la hija del tambero. No era tan linda ni tan ilustrada. Sus formas eran demasiado robustas. Su piel, curtida por el sol del campo. Sus modales tan simples que parecían casi inexistentes. Reía con estridencia, y jamás me invitaría a tomar el té con scones; a lo sumo, mate con tortas fritas... Pero a la hora de los abrazos debía de ser menos trabajosa.
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EXTRAÑOS EN LA PLAZA
14.2.05
"La sinceridad es imposible", dijo con una sonrisa...
..., gesticulando con las manos y, casi, con las piernas. "Desde el momento en que alguien aparece en público, aparece en escena. Dicho con otras palabras: se convierte en un actor".
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MIS CELÁNEAS
Estuvimos con Levrero en el bar Facal...
..., cosa extraña si pensamos en su fobia a los espacios concurridos y ruidosos. Sin embargo ÉL nos invitó a ir allí luego de la presentación de El discurso vacío. Lo único que se me ocurre es que los ventanales desde el techo hasta el piso calmaban su sensación de pánico. Esta es una presunción sin fundamento.
En fin, éramos muchos. Juntamos varias mesas y nos sentamos. Yo quedé un poco lejos de Mario. Yo estaba con mi mujer. En determinado momento Mario pidió a quien tenía su lado que cambiara de lugares con él. Así quedó enfrentado a nosotros dos. Algo venía a decirnos. No, a mí no; a mi mujer.
Su voz era profunda. Hablaba en un tono no muy alto y se hacía escuchar. En esta ocasión se inclinó hacia mi mujer y:
—Escuchame, ¿vos leés lo que él escribe?
Lo dijo con cierto tinte acusador hacia mí.
Mi mujer, un poco confundida y alegre, contestó que sí.
—¿Y qué te parece?
Era una pregunta retórica. Intuí a dónde quería llegar. A su obsesión. A su preocupación principal, humana, ideológica.
Ella contestó con estilo divagante, cálido y risueño ante la inconmovible mirada. En síntesis, declaró que lo mío estaba bien.
—Tiene que dedicarse a la literatura —sentenció Levrero (y lo habría sentenciado de todos modos aunque mi mujer hubiese criticado mis escritos).
A continuación pasó a ordenar un plan de vida para mí. Yo debía renunciar al trabajo. Debía renunciar a casi todo, excepto al tiempo para escribir —“y para vivir”, agregó al pasar.
Ante las objeciones de mi mujer (“sí, yo lo mantendría para que se dedique a escribir pero no gano lo suficiente”), explicó que en ese caso yo debía conformarme con:
a) un plato de arroz blanco por toda alimentación, y
b) no fumar, o de lo contrario conseguir los medios mínimos para solventar ese vicio (único gasto que no podría reclamarle a ella).
—Que no espere lujos —concluyó.
Hablaba con absoluta seriedad. No había ironía, juego ni exageración. Se ponía a sí mismo como ejemplo (y se dirigía a mí, no a mi mujer).
—Durante años comí cualquier porquería y ahora pago las consecuencias —se señaló la barriga; todos conocíamos su ausencia de vesícula—, pero escribí.
En fin. En el fondo me halagaba que tuviera esa fe en mí, o en lo que él solía llamar mi “enorme talento”. En la superficie, en cambio, me incomodaba. Era inevitable: Mario siempre me resultaba excesivo. A veces prefería los lejanos tiempos en que sólo lo conocía como lector.
—Yo tengo una profesión... —dije sin énfasis, con humor forzado, casi como pidiendo perdón
Mario me miró con fijeza y murmuró algo casi imperceptible. No movió los labios, creo. No movió un solo músculo de la cara.
A mi pesar, sentí que mi profesión era una vulgaridad y una pérdida de tiempo.
(La mirada, la mirada de Mario. Penetrante detrás de los gruesos lentes. Casi diabólica. Casi en blanco. Te atravesaba y te conocía y te analizaba. Temible. Fascinante. Legendaria. Hipnótica. Una mirada que merecía conocerse incluso si el dueño no hubiese escrito una sola línea).
Entre los ruidos del bar apareció la voz de mi mujer, rompiendo el trance:
—Lo que pasa es esto: él es muy consumista.
Desperté. ¿Yo, consumista? ¿Lo decía ella que no aceptaba la vida sin perfume francés?
—Sí, ése es el problema —dijo con resignación Levrero mientras adquiría una fisonomía más blanda y movía la cabeza.
Tosió, y empezó a conversar con quien tenía a su costado. Los segundos transcurrían y yo lo miraba y pensaba: “Qué pena. Ahora no insistirá. Qué pena”.
Al rato regresó a la lucha, con otra táctica. Me presentó a una mujer madura, de apariencia simpática y de pelo alborotado y más bien rojo, sentada a su derecha. Me dijo que era la escritora S. Yo había oído hablar de ella. Había publicado un libro de cuentos muy elogiado por la crítica, años atrás.
—Contale —le pidió— cómo te resultó publicar.
Recordé que S. había concurrido a los talleres de Mario en Colonia.
—Bueno... —empezó S. y se encogió alegremente de hombros. Parecía tímida y sencilla. Una mujer sensible, informada y sensata, dedicada al marido y a los hijos. Explicó que, en fin, publicar había sido toda una experiencia. Que le había cambiado la percepción de muchas cosas. Que le había cambiado quizá su forma de ver el mundo.
—¿Y ahora estás escribiendo? —pregunté.
—No, nada.
Agregó que desde la publicación del libro no había retomado la escritura. Al menos esa clase de escritura, aclaró, e hizo una pausa.
—Es que soy la única escribana en el pueblo -remató.
Moví la cabeza y reí con suavidad. Miré a Mario.
—No te resultó buena aliada —le dije.
Él parecía incrédulo y fastidiado.
Al fin pedimos la cuenta y, para sorpresa de todos, Mario en un gesto de príncipe extrajo su billetera y pagó, sin aceptar nuestras protestas. Era una cifra abultada y él sólo contaba con los pocos pesos que le pagábamos por mes.
—Yo los invité —declaró.
En la calle nos despedimos ruidosamente y nos dispersamos, cada pareja, cada soltero, cada joven, cada adulto, cada veterano. Llevábamos nuestros ejemplares de El discurso vacío. Había sido una noche para recordar, y no se repetiría.
(Mario Levrero murió el 30 de agosto de 2004).
En fin, éramos muchos. Juntamos varias mesas y nos sentamos. Yo quedé un poco lejos de Mario. Yo estaba con mi mujer. En determinado momento Mario pidió a quien tenía su lado que cambiara de lugares con él. Así quedó enfrentado a nosotros dos. Algo venía a decirnos. No, a mí no; a mi mujer.
Su voz era profunda. Hablaba en un tono no muy alto y se hacía escuchar. En esta ocasión se inclinó hacia mi mujer y:
—Escuchame, ¿vos leés lo que él escribe?
Lo dijo con cierto tinte acusador hacia mí.
Mi mujer, un poco confundida y alegre, contestó que sí.
—¿Y qué te parece?
Era una pregunta retórica. Intuí a dónde quería llegar. A su obsesión. A su preocupación principal, humana, ideológica.
Ella contestó con estilo divagante, cálido y risueño ante la inconmovible mirada. En síntesis, declaró que lo mío estaba bien.
—Tiene que dedicarse a la literatura —sentenció Levrero (y lo habría sentenciado de todos modos aunque mi mujer hubiese criticado mis escritos).
A continuación pasó a ordenar un plan de vida para mí. Yo debía renunciar al trabajo. Debía renunciar a casi todo, excepto al tiempo para escribir —“y para vivir”, agregó al pasar.
Ante las objeciones de mi mujer (“sí, yo lo mantendría para que se dedique a escribir pero no gano lo suficiente”), explicó que en ese caso yo debía conformarme con:
a) un plato de arroz blanco por toda alimentación, y
b) no fumar, o de lo contrario conseguir los medios mínimos para solventar ese vicio (único gasto que no podría reclamarle a ella).
—Que no espere lujos —concluyó.
Hablaba con absoluta seriedad. No había ironía, juego ni exageración. Se ponía a sí mismo como ejemplo (y se dirigía a mí, no a mi mujer).
—Durante años comí cualquier porquería y ahora pago las consecuencias —se señaló la barriga; todos conocíamos su ausencia de vesícula—, pero escribí.
En fin. En el fondo me halagaba que tuviera esa fe en mí, o en lo que él solía llamar mi “enorme talento”. En la superficie, en cambio, me incomodaba. Era inevitable: Mario siempre me resultaba excesivo. A veces prefería los lejanos tiempos en que sólo lo conocía como lector.
—Yo tengo una profesión... —dije sin énfasis, con humor forzado, casi como pidiendo perdón
Mario me miró con fijeza y murmuró algo casi imperceptible. No movió los labios, creo. No movió un solo músculo de la cara.
A mi pesar, sentí que mi profesión era una vulgaridad y una pérdida de tiempo.
(La mirada, la mirada de Mario. Penetrante detrás de los gruesos lentes. Casi diabólica. Casi en blanco. Te atravesaba y te conocía y te analizaba. Temible. Fascinante. Legendaria. Hipnótica. Una mirada que merecía conocerse incluso si el dueño no hubiese escrito una sola línea).
Entre los ruidos del bar apareció la voz de mi mujer, rompiendo el trance:
—Lo que pasa es esto: él es muy consumista.
Desperté. ¿Yo, consumista? ¿Lo decía ella que no aceptaba la vida sin perfume francés?
—Sí, ése es el problema —dijo con resignación Levrero mientras adquiría una fisonomía más blanda y movía la cabeza.
Tosió, y empezó a conversar con quien tenía a su costado. Los segundos transcurrían y yo lo miraba y pensaba: “Qué pena. Ahora no insistirá. Qué pena”.
Al rato regresó a la lucha, con otra táctica. Me presentó a una mujer madura, de apariencia simpática y de pelo alborotado y más bien rojo, sentada a su derecha. Me dijo que era la escritora S. Yo había oído hablar de ella. Había publicado un libro de cuentos muy elogiado por la crítica, años atrás.
—Contale —le pidió— cómo te resultó publicar.
Recordé que S. había concurrido a los talleres de Mario en Colonia.
—Bueno... —empezó S. y se encogió alegremente de hombros. Parecía tímida y sencilla. Una mujer sensible, informada y sensata, dedicada al marido y a los hijos. Explicó que, en fin, publicar había sido toda una experiencia. Que le había cambiado la percepción de muchas cosas. Que le había cambiado quizá su forma de ver el mundo.
—¿Y ahora estás escribiendo? —pregunté.
—No, nada.
Agregó que desde la publicación del libro no había retomado la escritura. Al menos esa clase de escritura, aclaró, e hizo una pausa.
—Es que soy la única escribana en el pueblo -remató.
Moví la cabeza y reí con suavidad. Miré a Mario.
—No te resultó buena aliada —le dije.
Él parecía incrédulo y fastidiado.
Al fin pedimos la cuenta y, para sorpresa de todos, Mario en un gesto de príncipe extrajo su billetera y pagó, sin aceptar nuestras protestas. Era una cifra abultada y él sólo contaba con los pocos pesos que le pagábamos por mes.
—Yo los invité —declaró.
En la calle nos despedimos ruidosamente y nos dispersamos, cada pareja, cada soltero, cada joven, cada adulto, cada veterano. Llevábamos nuestros ejemplares de El discurso vacío. Había sido una noche para recordar, y no se repetiría.
(Mario Levrero murió el 30 de agosto de 2004).
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EXTRAÑOS EN LA PLAZA
BELLEZA
Ella no era precisamente hermosa. Se puede decir que a primera vista era fea y más bien desagradable, y que el desagrado iba desapareciendo a medida que uno la conocía —uno la encontraba entonces interesante, lúcida y vagamente atractiva—, y que la fealdad se le iba borrando a medida que ella iba tocándolo a uno; pues permanentemente lo tocaba a uno, y siempre en el momento adecuado; apenas un roce de los dedos en el antebrazo, un roce de los dedos en la espalda, un roce de los dedos en el hombro, y uno se interesaba mucho más y la encontraba aún más lúcida, y sumamente atractiva. Dejaba por completo de ser fea. Era milagroso. De todos modos, uno no perdía por completo el sentido de la realidad —y cuando ella se alejaba y uno la observaba a distancia, sin que ella lo tocase, uno recordaba que ella era fea; así y todo, la impresión de belleza permanecía, como un aura o como una nueva realidad, superpuesta a la anterior —y, por eso mismo, mucho más interesante.
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EXTRAÑOS EN LA PLAZA
PLASTIC ONO BAND - John Lennon
Todo el mundo conoce a Lennon y unas cuantas anécdotas de su vida pública y privada. Muchos conocen este disco, "confesional", "despojado", "emocional", "auténtico", "grito primario", "austero", "arriesgado", "único": la obra más "honesta" de Lennon (y la "mejor"). Esos conceptos, aquí entrecomillados, pueden ser ciertos. No me propongo discutirlos. Propongo en cambio un ejercicio de la imaginación.
¿QUÉ PASARÍA SI ESTE DISCO NO FUERA DE JOHN LENNON SINO DE UN ARTISTA DESCONOCIDO?
A continuacion, las hipótesis.
1. Provocaría un grado tal de incomodidad en los oyentes comunes y en los críticos, que nadie estaría dispuesto a darle una segunda oportunidad. En la prensa o se le ignoraría o se lo destrozaría. Dos décadas después -y luego de que su autor hubiese vivido en la miseria y la oscuridad- se lo re-descubriría y se lo consideraría una obra muy interesante. En el ínterín -y antes del re-descubrimiento- una infinidad de artistas se habrían beneficiado de escucharla y -sobre todo- de plagiarla. Estos plagiadores -siempre más accesibles que el autor original- se llevarían todos los laureles y se los consideraría auténticos pioneros del "pop brutalmente honesto y despojado". Treinta décadas después, la música pobre, quieta y sin florituras que caracteriza al disco se convertiría en la norma y hasta los jingles publicitarios sonarían como ella.
2. Generaría grandes burlas, y el autor nunca más grabaría.
3. Generaría gran admiración en los círculos underground. Sería muy cool declarar que se conoce y escucha este disco. El autor adquiriría un aura de genialidad. Perdería por completo ese aura cuando el underground cambiase de orientación, harto de cultivar un mismo estilo durante más de seis meses. El autor se transformaría automáticamente en un perdedor. Nadie se jactaría de escuchar sus nuevos discos.
4. La crítica hablaría de la pobreza de las melodías. Las letras serían puestas como claros ejemplos de autoindulgencia. (Y también de pobreza).
----
No nos preocupemos. El disco lo compuso, tocó y cantó John Lennon.
¿QUÉ PASARÍA SI ESTE DISCO NO FUERA DE JOHN LENNON SINO DE UN ARTISTA DESCONOCIDO?
A continuacion, las hipótesis.
1. Provocaría un grado tal de incomodidad en los oyentes comunes y en los críticos, que nadie estaría dispuesto a darle una segunda oportunidad. En la prensa o se le ignoraría o se lo destrozaría. Dos décadas después -y luego de que su autor hubiese vivido en la miseria y la oscuridad- se lo re-descubriría y se lo consideraría una obra muy interesante. En el ínterín -y antes del re-descubrimiento- una infinidad de artistas se habrían beneficiado de escucharla y -sobre todo- de plagiarla. Estos plagiadores -siempre más accesibles que el autor original- se llevarían todos los laureles y se los consideraría auténticos pioneros del "pop brutalmente honesto y despojado". Treinta décadas después, la música pobre, quieta y sin florituras que caracteriza al disco se convertiría en la norma y hasta los jingles publicitarios sonarían como ella.
2. Generaría grandes burlas, y el autor nunca más grabaría.
3. Generaría gran admiración en los círculos underground. Sería muy cool declarar que se conoce y escucha este disco. El autor adquiriría un aura de genialidad. Perdería por completo ese aura cuando el underground cambiase de orientación, harto de cultivar un mismo estilo durante más de seis meses. El autor se transformaría automáticamente en un perdedor. Nadie se jactaría de escuchar sus nuevos discos.
4. La crítica hablaría de la pobreza de las melodías. Las letras serían puestas como claros ejemplos de autoindulgencia. (Y también de pobreza).
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No nos preocupemos. El disco lo compuso, tocó y cantó John Lennon.
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CRÍTICA CRÍTICA
Caza de conejos - Mario Levrero (cosa favorita nº 10)
La muerte de Mario me complicó para escribir este post, que podría haber sido uno de los primeros; tan maravilloso me parece este librito. Y hago bien en mencionar el soporte físico del texto -es decir el libro- porque en este caso se destaca. A cargo de Ediciones de la Plaza, es un cuaderno alargado (como algunos infantiles) y con ilustraciones (como todos los infantiles). En este caso se justifica ampliamente la idea del libro-objeto (de la que suelo ser más bien enemigo). El texto -mejor dicho, la colección de pequeños textos relacionados temáticamente que en conjunto conforman una especie de raro relato- tiene también cierto sabor infantil. Pero ni las notables ilustraciones en blanco, gris y negro a cargo de Pilar González ni, obviamente, los pequeños textos, son otra cosa que sublimes perversiones de una tradición cultural, con toda la libertad de la infancia y con toda su complejidad. Vemos constantemente conejos, cazadores, guardabosques, castillos, princesas, en un escenario que es el bosque arquetípico (europeo). El humor campea, quizás más que en otros textos de Levrero. Los pequeños textos por momentos se contradicen unos a otros. No hay linealidad. Y sin embargo todo es natural e inobjetable, de un modo que Mario no había logrado antes -ni logró después; las contradicciones entre escenas aparecen también en la novela Desplazamientos, pero en ese caso parece más una prueba, un experimento crudo sin la mágica facilidad de los asombrosos "capítulos" de Caza de conejos.
Dato curioso: Mario descubrió que el título alude a su apellido. "Levrero" deriva de "lebrel" que es un perro cazador de liebres.
(Prejuicio nº 10: si no te gusta este librito... estás perdido para siempre).
Dato curioso: Mario descubrió que el título alude a su apellido. "Levrero" deriva de "lebrel" que es un perro cazador de liebres.
(Prejuicio nº 10: si no te gusta este librito... estás perdido para siempre).
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MIS COSAS FAVORITAS
Down by the jetty - Dr. Feelgood (cosa favorita nº 9)
Tuve este disco antes de saber de qué se trataba, fue en mi etapa de búsqueda de cualquier cosa que se pareciera al punk (porque la cosa auténtica no se conseguía en las disquerías del Uruguay; dictadura militar -todo dicho). Y durante muchos años, este vinilo y su sobre soso en blanco y negro me disgustó; digamos, más exactamente, que me decepionaba. No era lo que yo, en aquellos tiempos, quería. Era, en cambio -tal como decía el argentino que escribía en la contratapa-, una reproducción muy fiel -y para mi gusto de ese entonces, muy insulsa y sin sentido- del rhythm & blues británico de inicios de los años sesenta; más precisamente de los Rolling Stones en su etapa de bandita de covers. Claro; con el tiempo aprendí a gustar de esa época y esa concepción musical. Y por otra parte, descubrí que no había estado tan equivocado: en efecto, Dr. Feelgood y otras bandas llamadas de pub rock (bandas que tocaban rocanrol sencillo y anticuado en los pubs de Inglaterra a mediados de los años setenta) habían sido un precedente directo e importante del punk rock británico. Debo decir que empecé a disfrutar de "Down by the jetty" a mis treinta y tantos... Por algo será. Es música clásica, en cierto sentido. Un estilo musical con un larga historia atrás. Se necesitan años -al menos así fue en mi caso- para apreciar eso.
Y de todos modos, no es el factor fundamental. Si el disco no fuera tan fresco, austero, entretenido, auténtico, seco, simple, nada de lo tradicional valdría. El gran mérito de los Feelgoods es apropiarse de la tradición, escribir sus propias canciones como si nunca se hubieran escrito otras en ese estilo (cuando en realidad se han escrito ciento treinta y cinco mil seiscientos ochenta). Así, es un disco que suena tan conocido -y al mismo tiempo tiene tanta personalidad- que se puede escuchar a menudo y varias veces durante el día. Acompaña, como un buen vaso de vino de mesa. (Dicho sea de paso, yo escribí una novela -que permanece inconclusa- escuchando sin cesar durante casi un mes este disco. No podía escuchar otra cosa, y me impulsaba a seguir escribiendo. Confío en que algún día conseguiré un buen tocadiscos -el que tenía se rompió- para oír de nuevo el vinilo, y quizás, si los dioses así lo deciden, retomaré la novela).
En suma, música en blanco y negro, música común y corriente, buena música hecha por un grupo que sabe lo que hace y lo hace con garra.
(Prejuicio nº 9: si no te gusta este disco, jamás vas a entender la diferencia entre un clisé y una tradición cultural).
Y de todos modos, no es el factor fundamental. Si el disco no fuera tan fresco, austero, entretenido, auténtico, seco, simple, nada de lo tradicional valdría. El gran mérito de los Feelgoods es apropiarse de la tradición, escribir sus propias canciones como si nunca se hubieran escrito otras en ese estilo (cuando en realidad se han escrito ciento treinta y cinco mil seiscientos ochenta). Así, es un disco que suena tan conocido -y al mismo tiempo tiene tanta personalidad- que se puede escuchar a menudo y varias veces durante el día. Acompaña, como un buen vaso de vino de mesa. (Dicho sea de paso, yo escribí una novela -que permanece inconclusa- escuchando sin cesar durante casi un mes este disco. No podía escuchar otra cosa, y me impulsaba a seguir escribiendo. Confío en que algún día conseguiré un buen tocadiscos -el que tenía se rompió- para oír de nuevo el vinilo, y quizás, si los dioses así lo deciden, retomaré la novela).
En suma, música en blanco y negro, música común y corriente, buena música hecha por un grupo que sabe lo que hace y lo hace con garra.
(Prejuicio nº 9: si no te gusta este disco, jamás vas a entender la diferencia entre un clisé y una tradición cultural).
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MIS COSAS FAVORITAS
Un puente largo y antiguo - Gonzalo Paredes (cosa favorita nº 2)
No creí que tan pronto me dominara el narcisismo, pero en fin..., puesto a pensar sobre mis cosas favoritas, saltó esta ficha. Además, ES realmente favorita. Por más que uno esté demasiado ligado a un libro que escribió con sus propias manos, debo reconocer que éste me gusta mucho. ¿Y por qué no? Hasta donde pude, escribí el libro que me habría gustado como lector. Me regalé ese libro. En realidad, me sorprende que a otros les guste. Es como si me olvidara de que existen varios ejemplares, no únicamente el que está en mi biblioteca...
Y no sé describirlo, a pesar de que con el tiempo lo he entendido mejor; es decir, he entendido mi método. He descubierto que había un método. Esos relatos intentan evitar a toda costa el argumento más convencional. Sus argumentos son mínimos, sesgados, y casi nunca se apoyan en los elementos que suelen atrapar al lector. Me apuro a decir que, sin embargo, ATRAPAN al lector. Lo sé por experiencia. Así que he logrado -en alguna medida- sustituir lo evidente (y para mi gusto, gastado) por lo no tan evidente (y no tan gastado), respetando de todos modos la estructura básica del cuento (al menos en ciertos casos). Y esto explica y justifica la inclusión del relato delirante, barroco y seudohistórico "Un puente largo y antiguo" en el contexto de otros, cotidianos, casi hiperrealistas y minimalistas, aparentemente llanos y poco pretenciosos. "Un puente..." evita a través del disparate como método aquello que los demás evitan a través de la mirada penetrante y casi obsesiva. Es decir, el argumento tradicional.
No sé, me gusta el libro y sólo el pudor me impide recomendarlo abiertamente, aunque de algún modo lo estoy publicitando, aquí.
Advertencia final: Un puente largo y antiguo se publicó como volumen décimo tercero de la colección de los flexes terpines dirigida por Mario Levrero, y eso fue bueno y fue malo a la vez. Bueno, porque el prestigio de Mario atrajo la mirada de la crítica sobre los libros de la colección; de lo contrario nadie habría dado pelota ("¿Autores nuevos? ¿Y uruguayos? ¿A quién le interesa? Dejame dormir y soñar con Saramago"). Malo porque esa mirada a veces se quedó en un implícito "ah, la colección de los alumnitos de Levrero. Qué tipo generoso este Mario, apadrina a cualquiera". Aprovecho para afirmar que no todos esos autores iban a los talleres de Mario, ni todos eran jóvenes como muchos creyeron. Nada de eso quedó claro, jamás. La inercia mental predominó. ¿Es sorprendente? No, pero es interesante. Así está el mundo, amigos.
(Prejuicio nº2: si no te gusta este libro, sos uno de los intelectuales tontos que denuncio aquí y en el libro).
Y no sé describirlo, a pesar de que con el tiempo lo he entendido mejor; es decir, he entendido mi método. He descubierto que había un método. Esos relatos intentan evitar a toda costa el argumento más convencional. Sus argumentos son mínimos, sesgados, y casi nunca se apoyan en los elementos que suelen atrapar al lector. Me apuro a decir que, sin embargo, ATRAPAN al lector. Lo sé por experiencia. Así que he logrado -en alguna medida- sustituir lo evidente (y para mi gusto, gastado) por lo no tan evidente (y no tan gastado), respetando de todos modos la estructura básica del cuento (al menos en ciertos casos). Y esto explica y justifica la inclusión del relato delirante, barroco y seudohistórico "Un puente largo y antiguo" en el contexto de otros, cotidianos, casi hiperrealistas y minimalistas, aparentemente llanos y poco pretenciosos. "Un puente..." evita a través del disparate como método aquello que los demás evitan a través de la mirada penetrante y casi obsesiva. Es decir, el argumento tradicional.
No sé, me gusta el libro y sólo el pudor me impide recomendarlo abiertamente, aunque de algún modo lo estoy publicitando, aquí.
Advertencia final: Un puente largo y antiguo se publicó como volumen décimo tercero de la colección de los flexes terpines dirigida por Mario Levrero, y eso fue bueno y fue malo a la vez. Bueno, porque el prestigio de Mario atrajo la mirada de la crítica sobre los libros de la colección; de lo contrario nadie habría dado pelota ("¿Autores nuevos? ¿Y uruguayos? ¿A quién le interesa? Dejame dormir y soñar con Saramago"). Malo porque esa mirada a veces se quedó en un implícito "ah, la colección de los alumnitos de Levrero. Qué tipo generoso este Mario, apadrina a cualquiera". Aprovecho para afirmar que no todos esos autores iban a los talleres de Mario, ni todos eran jóvenes como muchos creyeron. Nada de eso quedó claro, jamás. La inercia mental predominó. ¿Es sorprendente? No, pero es interesante. Así está el mundo, amigos.
(Prejuicio nº2: si no te gusta este libro, sos uno de los intelectuales tontos que denuncio aquí y en el libro).
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MIS COSAS FAVORITAS
"No creo en Dios", dijo, y miró hacia las estrellas...
... con una mueca de vaga confusión.
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MIS CELÁNEAS
"Las mujeres no lloran", dijo mi madre...
... y le busqué la ironía en la comisura de los labios. Era una de sus grandes frases misteriosas cuya intención se le trasuntaba con más exactitud en la comisura izquierda.
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MIS CELÁNEAS
CURRÍCULUM O AUTORETRATO
Nací en la costa de Montevideo, una tarde lluviosa de 1963. Cursé la escuela y el liceo en un colegio bilingüe (“inglés”). Cantaba el himno británico cuando subían la bandera. Más tarde, casi me hice católico en un colegio católico. Más tarde aún, contravine los deseos de mis padres y me inscribí en la carrera de Psicología. Obtuve el título. No fui economista, contador público, manager ni administrador de empresas.
No me ganaba la vida. Empecé a publicar una serie de artículos periodísticos y ocasionalmente algo de narrativa en la prensa local. Durante un viaje a Buenos Aires pago por mis padres, conocí al entonces oscuro escritor M.L. Nos hicimos bastante amigos. Sin embargo, no le conté que yo también escribía literatura. Tal vez me dio vergüenza.
En los años siguientes ataqué el problema económico. Sin saberlo me prohibí escribir. Cuando por fin me descubrí con una agenda llena de consultas, una casa propia, una mujer y abundante dinero para pagar todas las cuentas y aun salir a cenar afuera tres veces a la semana, me descubrí, también, con un inesperado vacío. Muy a mi pesar concurrí a los talleres de L. (quien por casualidad había vuelto a la ciudad natal).
En sus apartamentos (L. se mudó varias veces), lidié con los ejercicios, y aprendí el duro oficio de la corrección de estilo. Otros años esforzados. Pero en este caso hubo un giro del destino. Por motivos ajenos a mí, mi situación financiera se había deteriorado. Surgió la posibilidad de coordinar un taller literario con enfermos mentales y, con la excusa de que yo era psicólogo, la tomé. Porque necesito el dinero, pensé. Sin embargo le tomé el gusto, se me liberó la ambición y me animé a coordinar mis propios talleres, primero en el gremio de los psicólogos (porque soy psicólogo, me dije, es un buen punto de partida) y luego en mi casa (porque soy... ¡escritor!). El éxito me sorprendió. Había logrado combinar mis dos vocaciones y, por el mismo trámite, obtenido una sólida fuente de ingresos.
En el interín se había publicado la colección de los F. T., una vieja idea de L.que incluía dar a conocer a narradores poco o nada conocidos. Era mi caso. Mi libro fue una alegre compilación de relatos más bien breves unidos a dos largos, y la repercusión me alegró; tanto, que aún lo leo como uno de los libros más agradables que me ha tocado tener entre las manos...
No me ganaba la vida. Empecé a publicar una serie de artículos periodísticos y ocasionalmente algo de narrativa en la prensa local. Durante un viaje a Buenos Aires pago por mis padres, conocí al entonces oscuro escritor M.L. Nos hicimos bastante amigos. Sin embargo, no le conté que yo también escribía literatura. Tal vez me dio vergüenza.
En los años siguientes ataqué el problema económico. Sin saberlo me prohibí escribir. Cuando por fin me descubrí con una agenda llena de consultas, una casa propia, una mujer y abundante dinero para pagar todas las cuentas y aun salir a cenar afuera tres veces a la semana, me descubrí, también, con un inesperado vacío. Muy a mi pesar concurrí a los talleres de L. (quien por casualidad había vuelto a la ciudad natal).
En sus apartamentos (L. se mudó varias veces), lidié con los ejercicios, y aprendí el duro oficio de la corrección de estilo. Otros años esforzados. Pero en este caso hubo un giro del destino. Por motivos ajenos a mí, mi situación financiera se había deteriorado. Surgió la posibilidad de coordinar un taller literario con enfermos mentales y, con la excusa de que yo era psicólogo, la tomé. Porque necesito el dinero, pensé. Sin embargo le tomé el gusto, se me liberó la ambición y me animé a coordinar mis propios talleres, primero en el gremio de los psicólogos (porque soy psicólogo, me dije, es un buen punto de partida) y luego en mi casa (porque soy... ¡escritor!). El éxito me sorprendió. Había logrado combinar mis dos vocaciones y, por el mismo trámite, obtenido una sólida fuente de ingresos.
En el interín se había publicado la colección de los F. T., una vieja idea de L.que incluía dar a conocer a narradores poco o nada conocidos. Era mi caso. Mi libro fue una alegre compilación de relatos más bien breves unidos a dos largos, y la repercusión me alegró; tanto, que aún lo leo como uno de los libros más agradables que me ha tocado tener entre las manos...
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TALLER LITERARIO VIVENCIAL EL PUENTE
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